El oficio de una abogada
Puedo recordar mi primer juicio como si fuera ayer.
Los abogados nos fijamos tanto en los detalles que podemos rememorar una declaración completa veinte años después.
Por eso puedo recordar a aquel chico ahora, como si lo terminara de conocer.
Entonces presté atención a su complexión física.
Al parecer, había lanzado una alcantarilla contra el cristal del establecimiento con la fuerza de un titán.
No era lo suficientemente débil como para negar la posibilidad física de que lo hiciera, pero tampoco podía imaginármelo con una fuerza tan descomunal como para efectuar ese lanzamiento y conseguir que el cristal se rindiera a sus pies hecho añicos.
El caso es que, cuando lo tuve delante y traté de explicarle la situación, topé con esa mirada perdida del que no está ahí contigo sino en un lugar donde no puede escucharte. Era como si un cristal grueso nos separara y le mantuviera completamente aislado.

Estaba claro que tendría que trabajar sola, sin esperar colaboración alguna.
Manos a la obra. ¿Qué tenemos aquí?
Un histórico de antecedentes penales con varias condenas anteriores por delitos contra el patrimonio (esto no ayuda, pensé), tal vez una tentativa…, una historia de consumos desde la adolescencia, cocaína, heroína, …
Parece evidente que tenía la voluntad mermada por los efectos de las drogas. Tendré que pedir el informe al SAJIAD.
Así pasaron los años, ingresado en prisión y a la espera de juicio.
Llegado el día, previo a celebrarse, pasé a sala para hablar con la Fiscal.
En un primer momento, no obtuve la comprensión esperada pero, tras hacer valer las circunstancias concurrentes, una dilaciones indebidas que reducían la necesidad de respuesta penal, una atenuante muy cualificada de toxicomanía… ahora sí, nos ofreció una rebaja de la pena que se ajustaba a las circunstancias del caso.
Me quedaba lo más difícil, pensé, explicárselo y que entienda la conveniencia de aceptar la propuesta de conformidad.
Entonces me avisaron de que ya podía hablar con él. Terminaban de traerle del centro penitenciario
Al verle, me sorprendió su mirada. Había cambiado por completo. Esta vez conectaba con la mía. Le expliqué, me entendió perfectamente, lo aceptó y razonó su respuesta.
Estaba frente a otra persona diferente. Sin duda, el tratamiento de desintoxicación que había seguido en prisión dio sus frutos.
Mi trabajo había concluido, dejando abierta la puerta a la oportunidad, como tantes veces nos sucede en nuestro oficio.
Y me despedí, como no podía ser de otra forma, sin detenerme, para seguir avanzando por los caminos de un mundo lleno de gente donde, quizá, alguna persona me espere.